Entrevista a Héctor Marciano Rodríguez sobrino de Jorge Donn: El hombre tras el mito

Detrás del mito de Jorge Donn:
El niño de Ciudad Jardín que conquistó la mesa del Bolero

Hay nombres que no pertenecen a la historia de la danza, sino al patrimonio de la emoción humana. Jorge Donn fue uno de ellos. Sin embargo, detrás del dios pagano que hipnotizaba al mundo sobre la mítica mesa roja de Maurice Béjart, existía un hombre de silencios cotidianos, de costumbres sencillas y raíces profundas que nunca se terminaron de desatar de su Argentina natal.

Hoy en La Bitácora del Artista tenemos el absoluto privilegio de conversar con Héctor Marciano Rodriguez, su sobrino, autor de una biografía íntima que viene a hacer justicia poética y a redescubrir al ser humano que habitaba detrás de los focos. Una charla reveladora sobre el desarraigo, la obsesión por la perfección y el verdadero legado de una leyenda universal.


El niño antes de la leyenda (La raíz argentina)

La Bitácora del Artista: En tu libro retratas los primeros años de Jorge en Argentina, antes de que el mundo entero se rindiera a sus pies. Para la historia de la danza, él es un dios pagano, pero ¿cómo era el Jorge hermano, primo o hijo que volvía a casa a tomar unos mates después de un ensayo agotador? ¿Qué gestos cotidianos mantenía intactos de aquel chico de Ciudad Jardín?

Héctor: Jorge mantenía intacta una esencia de independencia y una determinación inquebrantable, rasgos que lo acompañaron desde muy joven. Pero, al mismo tiempo, había en él una enorme generosidad y una sencillez muy poco asociada a la figura casi mítica en la que se convirtió después.

Conservaba gustos simples: la ropa sin pretensiones, la pasión por el cine y las películas, y sobre todo una manera muy concreta de demostrar afecto. No era alguien de grandes discursos emocionales; su cariño pasaba por compartir momentos cotidianos —unos mates, una charla, una comida— y por estar atento a las necesidades reales de los demás, colaborando de forma silenciosa y natural. En muchos aspectos, detrás del artista admirado por el mundo, seguía estando aquel chico de Ciudad Jardín.


La mesa del Bolero y el peso de la genialidad

LBA: Cuando uno ve a Jorge Donn subido a la mítica mesa roja interpretando el Bolero de Ravel, se percibe una entrega que roza lo místico, casi un trance físico. Desde la cercanía familiar, ¿cómo se vivía esa obsesión por la perfección? ¿El libro nos ayuda a entender si Jorge dominaba a la danza o si era la danza la que lo poseía por completo a él?

Héctor: En el caso del Bolero, hay algo interesante: Jorge no participó de su creación coreográfica. Él mismo decía que era una obra de una precisión casi matemática, extremadamente estructurada. Y justamente allí aparece algo fascinante: es quizá el ejemplo más claro de cómo Jorge dominaba a la danza.

Se trataba de una coreografía originalmente concebida para una mujer y, sin modificar un solo paso, él logró transformarla por completo desde la interpretación, la presencia y la intensidad física. Hizo de esa mesa roja un territorio propio.

Distinto era el caso de obras en cuya construcción también participó creativamente, como el Adagietto de Mahler. Allí la relación parecía más profunda y orgánica: ya no era sólo un intérprete ejecutando una estructura, sino alguien implicado en el nacimiento mismo de la obra. En esos casos, me atrevería a decir que no había una lucha entre Jorge y la danza: eran una misma cosa.


El silencio y la redención (Los años difíciles)

LBA: La década de los 90 arrebató a una generación brillante de artistas debido al VIH, sumiendo a muchos en un silencio obligado por el estigma de la época. Escribir este libro hoy es un acto de justicia poética. ¿Ha sido doloroso o liberador desempolvar esos recuerdos familiares, y qué verdades urgentes sentías que la historia de la danza aún le debía a la memoria de Jorge?

Héctor: Escribir este libro fue, antes que nada, una consecuencia de redescubrir a mi propio tío. No sólo al gran artista admirado internacionalmente, sino también a un hombre que vivió intensamente un período de enorme transformación cultural, social y artística, como fueron los años 70. En ese sentido, más que un ejercicio de nostalgia, el proceso tuvo algo de revelación.

Creo mucho en el valor de los ejemplos para las nuevas generaciones, y siento que la vida de Jorge se inscribe en ese lugar: alguien que, desde un origen muy sencillo, llegó a convertirse en una figura universal sin perder una esencia profundamente humana.

No creo que la historia de la danza le deba algo a Jorge Donn: él ya está instalado allí, en un lugar indiscutible. Pero sí creo que la Argentina aún le debe parte del reconocimiento acorde a esa dimensión. Jorge es parte de nuestro acervo cultural en el mundo, uno de esos artistas que representaron al país desde la excelencia, la sensibilidad y una proyección internacional extraordinaria.


El veredicto del recuerdo

LBA: Si pudieras elegir una sola página, una anécdota o una revelación de este libro que condense el verdadero espíritu de Jorge Donn —lejos de los aplausos y las luces del escenario—, ¿cuál sería y cómo te gustaría que las nuevas generaciones de bailarines lo recordaran tras leer tu obra?

Héctor: Si tuviera que elegir una escena que condensara algo esencial de Jorge, elegiría la histórica entrevista con el Polaco Goyeneche, porque allí aparece un Jorge poco habitual, más vulnerable, más imprevisible, lejos del personaje escénico que el público conocía. Y deja una frase que quedó resonando con el tiempo: “No aplaudan, planten un árbol”.

Creo que en esas pocas palabras hay mucho de lo que él era. Jorge no perseguía la gloria por la gloria misma ni el reconocimiento vacío; lo hacía desde una necesidad profunda. Había en él una convicción de que el arte debía tener un fundamento, un sentido, que no alcanza con el hecho puramente estético. El arte, para él, debía movilizar algo, dejar una huella, dialogar con el mundo y con el ser humano.

Me gustaría que las nuevas generaciones de bailarines lo recordaran no sólo por el virtuosismo extraordinario o por la intensidad con la que transformó la danza, sino también como alguien que entendió que el talento tiene verdadero valor cuando se pone al servicio de algo más grande. Ya sea bailar… o plantar un árbol.

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