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En apenas dos semanas de este 2026, las artes escénicas en España han asistido a una consagración incontestable. El pasado 1 de junio, la ceremonia de Mérida otorgaba a Elisa Forcano el Premio Max al Mejor Espectáculo Revelación; apenas quince días después, la noche del 15 de junio, el Teatro Pavón de Madrid estallaba en aplausos al concederle el Premio Godoff en la 5ª edición de los Premios de la Revista Godot.
El epicentro de este terremoto cultural se llama Zorra Dorada, un montaje unipersonal escrito, dirigido e interpretado por la propia Forcano que ha transformado el dolor real de la joven Noa Pothoven en un desgarrador ritual de memoria, performance y lenguaje visual.
Aprovechando este momento de gracia —que coincide además con su reciente Premio Simón a Mejor Actriz por la Academia del Cine Aragonés—, nos sentamos a conversar con una creadora que se niega a ser domesticada por el éxito institucional. Nos adentramos en su universo, en el tránsito libre entre Madrid y Zaragoza, y en las vísceras de una obra que, más que respuestas, lanza un espejo incómodo a la sociedad.

LBA: El eco del circuito alternativo: Elisa, ‘Zorra Dorada’ nació en los márgenes de la
creación independiente, pasando por espacios como Cuarta Pared, Exlímite o Nave
73 antes de reventar la cartelera nacional. Tras ganar el Max y el Godoff en quince
días, ¿cómo se digiere el éxito institucional cuando se viene de la resistencia del
circuito OFF?
Elisa: Me cuesta pensar que Zorra Dorada haya salido de un margen para llegar a un centro. Los
espacios independientes no fueron una antesala ni una prueba de acceso a algo
supuestamente más importante: fueron el lugar donde la pieza pudo nacer, equivocarse,
transformarse y encontrar a sus primeras espectadoras y espectadores.
La obra nació desde una intuición muy pequeña, casi solitaria, y ha ido creciendo gracias a
una red de personas, salas y equipos que apostaron por ella cuando todavía no había
premios ni certezas. Por eso vivo estos reconocimientos con muchísima alegría, pero
también con una conciencia muy fuerte de todo lo que ha habido antes.
No quiero romantizar la resistencia. Hay algo hermoso en crear desde la intuición y el
deseo, pero no debería ser condición indispensable hacerlo desde la precariedad. Los
premios tienen una dimensión afectiva, por supuesto, pero también material: pueden hacer
que la pieza siga viajando, que llegue a más público y que quienes trabajamos en ella
podamos hacerlo en condiciones más dignas.
Más que pensar en una llegada, lo vivo como una validación de que hay espacio para
propuestas que no simplifican, que no responden a una fórmula y que se atreven a confiar
en la inteligencia del público.
LBA: La transmutación del dolor real: La obra parte de una tragedia tan cruda y real
como la de Noa Pothoven.
¿Cómo se gestiona el peso ético y emocional de llevar una
historia así a las tablas sin caer en el panfleto ni en el morbo, logrando que la
performance y el lenguaje visual se conviertan en un ritual de sanación colectiva?
Elisa: La noticia de Noa Pothoven fue el detonante inicial, pero Zorra Dorada no pretende contar
su historia ni apropiarse de su biografía. Fue una noticia que me atravesó, que activó una
serie de preguntas y que me llevó a mirar hacia mis propios imaginarios, mis propias
heridas y mi relación con determinados mandatos sobre los cuerpos de las mujeres.
Mi proceso de creación no es lineal. Trabajo desde impulsos, imágenes, acciones, frases o
materiales que aparecen sin una explicación cerrada. Después intento escuchar qué habita
ahí, quitar el sobrante y no forzar demasiado pronto un sentido. Me interesa habitar la
pregunta más que ofrecer respuestas.
La cuestión ética estaba en no convertir el dolor en espectáculo. No quería representar la
violencia de manera literal ni construir una pieza moralista, aleccionadora o victimista. Me
interesaba acercarme a sus huellas, a aquello que permanece en el cuerpo, a las imágenes
que no se pueden traducir del todo en palabras.
Por eso necesitaba un lenguaje físico, poético y visual. La música, la luz, la acción, la
plástica y el movimiento permiten hablar desde lugares menos racionales, más
inconscientes. La belleza no está ahí para suavizar la violencia, sino para volverla más
perturbadora, para abrir una grieta desde la que mirar aquello que normalmente apartamos.
Me cuesta llamarlo sanación, sería demasiado pretencioso. Pero sí creo que el teatro puede
ser un espacio colectivo donde sostener una pregunta difícil sin necesidad de resolverla de
inmediato.

LBA: La pregunta como espejo: Tu obra confronta al público con una frase devastadora:
“Si cada mujer abusada se inmolase, ¿quién traería a vuestros hijos al mundo?”.
¿Has notado cómo cambia la respiración o la temperatura de la sala cuando lanzas
esa interpelación directa a las estructuras que sostienen la violencia?
Elisa: Sí, hay momentos en los que cambia la respiración de la sala. Se produce un silencio muy
particular, como si durante unos segundos el público dejase de observar una historia ajena y
sintiese que esa pregunta también le pertenece.
No la lanzo desde un reproche individual, sino como una interpelación a una estructura.
Vivimos en una sociedad que sigue exigiendo a las mujeres que cuiden, sostengan, reparen
y den vida, pero que muchas veces no las protege cuando esa vida ha sido violentada.
La frase es incómoda porque pone en evidencia una contradicción muy profunda: qué
cuerpos importan, qué dolores se creen y qué vidas consideramos dignas de ser
acompañadas.
No me interesa obligar al público a sentir algo concreto, pero sí generar un
espacio en el que esa incomodidad pueda existir sin apartar la mirada. Me interesa generar
materiales con los que el público no sepa cómo relacionarse porque ahí anida la falta de
certezas.
Para mí el teatro ocurre precisamente ahí: en el encuentro entre quien mira y quien se deja
mirar, en esa respiración compartida que no se puede repetir de la misma manera en ningún
otro lugar.
LBA: Aragón y Madrid en la piel: Este año también has sido reconocida con el Premio
Simón a Mejor Actriz por la Academia del Cine Aragonés. Como creadora que transita
constantemente entre los universos creativos de Zaragoza y Madrid, ¿qué te da cada
una de estas plazas a la hora de escribir, dirigir e interpretar tus propias piezas?
Elisa: Aragón forma parte de mi identidad artística de una manera muy profunda, y Teruel ocupa
un lugar especialmente importante en ese recorrido. Pasé allí los años en los que estudié
Bellas Artes y siento que fue un tiempo fundacional: no solo por la formación, sino porque
empecé a construir una mirada propia, encontré amistades y personas que siguen siendo
familia, y descubrí la dimensión colectiva del hecho escénico.
Interpretar a Isabel de Segura en Las Bodas de Isabel fue una experiencia decisiva.
Recuerdo especialmente estar en el balcón de la Plaza del Torico, frente a toda aquella
gente, sintiendo la respiración de una ciudad reunida alrededor de una historia. Fue una de
las primeras veces que entendí, de una manera muy física, el poder del teatro para
conmover, reunir y transformar temporalmente un espacio.
También fue en ese recorrido donde conocí a Marian Pueo y Joaquín Murillo, mis padres
teatrales, de la compañía zaragozana Teatro Che y Moche. Su acompañamiento, su forma
de entender el oficio y la confianza que depositaron en mí fueron fundamentales en mis
inicios. Siguen siendo referentes afectivos y profesionales muy importantes en mi camino.
Después vinieron otros trabajos y aprendizajes en Teruel, como mi etapa en Dinópolis, y
más tarde Zaragoza siguió siendo un lugar de vínculo, de regreso y de pertenencia. Amo
Zaragoza: allí está mi familia y muchos de mis afectos. Pero a veces también es difícil crear
en tu propia ciudad. Hay una cercanía que puede ser hermosa, pero que en ocasiones se
mezcla con resistencias, prejuicios o cierta dificultad para aceptar propuestas que se salen
de lo esperado. A veces hay que irse lejos de los lugares que no te dejan encontrar tu
propia voz para volver cuando eso ya es incuestionable.
Lo viví con una acción poética que comenzó en la Plaza del Pilar y que después recorría
diez lugares emblemáticos de Zaragoza para dar visibilidad a la función de Zorra Dorada en
el Teatro de las Esquinas, dentro del Ciclo Mujeres a Escena. La intención era sacar la
pieza de los códigos habituales de la promoción teatral, llevarla al espacio público y
acercarla a personas que quizá no suelen ir al teatro o que, de otro modo, no habrían
sabido que la función existía.
La acción generó bastante hostilidad desde ese primer momento y también recibió mucho
rechazo en redes sociales. Fue doloroso, pero confirmó que todavía hay cuerpos, imágenes
y preguntas que incomodan cuando aparecen fuera de los espacios en los que creemos
tenerlas controladas. Y, precisamente, creo que es ahí donde más necesarias son este tipo
de propuestas: en los lugares donde el arte puede abrir una grieta, generar encuentro y
desplazar, aunque sea un poco, aquello que damos por sentado.
El Premio Simón a Mejor Actriz por En trámite ha sido especialmente emocionante por todo
ello. Me hace mucha ilusión que el cine aragonés reconozca mi trabajo y deseo seguir
vinculándome a proyectos audiovisuales nacidos en Aragón, colaborar con sus creadoras y
creadores y formar parte de historias que amplíen la mirada sobre nuestro territorio.
Madrid me ha dado otras cosas: más movimiento cultural, diversidad de lenguajes,
posibilidades de encuentro y una conversación constante con artistas y creadoras muy
distintas.
Tristemente, seguimos viviendo en un sistema profundamente centralista, donde
muchas oportunidades, recursos y estructuras de producción se concentran en unos pocos
lugares. Madrid me ha permitido acceder a ellas, pero eso no significa que crea que el
talento pertenezca a Madrid.
No siento que tenga que elegir entre una ciudad y otra. Mi trabajo nace precisamente de
ese movimiento entre el arraigo y el desplazamiento. Ojalá llegue un momento en el que
una artista no tenga que irse para poder desarrollar plenamente su carrera, sino que pueda
elegir quedarse, volver o moverse sin que eso determine el alcance de sus posibilidades.

LBA: El abismo del folio en blanco para 2027: Con el listón tan alto tras el fenómeno de
‘Zorra Dorada’ y con el foco de toda la crítica sobre ti, ¿cómo estás habitando el
proceso de creación de tu nueva pieza para 2027? ¿Se crea desde la presión de los
premios o se regresa a esa misma “necesidad íntima” del principio?
Elisa: La presión existe. Sería absurdo negarlo. Después de Zorra Dorada aparece el deseo de no
repetirse, de no hacer una continuación de algo que ya ha encontrado su lugar y también el
miedo a no estar a la altura de una expectativa externa.
Intento que los premios no entren demasiado pronto a la sala de ensayos. Agradezco
profundamente lo que han supuesto, pero no pueden ser el motor de una pieza nueva. La
creación necesita bastante espacio para la duda, para el error y para no saber todavía qué
está buscando.
Estoy volviendo a un proceso muy íntimo, corporal y no lineal. Me interesan la
transformación, la maternidad, la imposibilidad, la fragilidad y la sensación de habitar un
cuerpo que parece dejar de pertenecerte del todo. Son materiales que todavía están muy
abiertos y que necesito atravesar antes de traducirlos a una forma.
Crear, para mí, sigue teniendo que ver con desprenderse de ciertas comodidades y
certezas. Con aceptar que no siempre sabes hacia dónde vas, pero continuar porque hay
una pregunta que insiste y una víscera que aprieta. Esa necesidad es la que estaba al
principio de Zorra Dorada y es la única desde la que sé trabajar.
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