UNA HERMANA PARA TRES HERMANOS (crónica)

Madrid, en Navidad, es mágica.
No es una frase hecha: es una constatación empírica.
Cada paso es el descubrimiento de un rincón nuevo, incluso en calles que creemos sabernos de memoria. Y para este tipo de exploraciones —donde nada queda librado al azar— no hay mejor compañía que Raquel, la organizadora. La mujer que convierte el caos en itinerario y el “ya veremos” en plan cerrado.

Nos encontramos en la puerta de un teatro mítico. De esos que no se atraviesan: se respetan.
Subir hasta casi el altillo fue ya parte del espectáculo. Ver de cerca todas las obras realizadas para que ese lugar emblemático —donde el reloj observa el paso del tiempo con paciencia teatral— se haya convertido en un espacio tan bello de encuentro y cultura, sorprende.
Y enamora.
Porque el teatro también es eso: arquitectura que guarda memoria.

¿La obra?
Una hermana para tres hermanos.

Desde el primer momento queda claro que no venimos a contemplar el cielo desde la azotea, sino a ver cómo las verdades familiares se precipitan sin red. En el Espacio LÍRICO del Teatro Calderón, Madrid no mira hacia arriba: se ríe hacia adentro.

La comedia entra sin pedir permiso, con la puerta medio rota y el sofá familiar convertido en campo de batalla. Tres hermanos que se quieren… sí. Que se detestan… también. Como manda la tradición no escrita de cualquier familia que se precie.
La llegada de una hermana desconocida —esa figura mítica que suele aparecer cuando hay herencias, secretos y testamentos creativos— activa el mecanismo perfecto para que todo salte por los aires.

Porque hay padres que, incluso muertos, siguen dirigiendo la función.
Y aquí, el difunto tiene todavía mucho que decir.

El texto y la dirección de Álvaro Carrero manejan con pulso firme un humor que no busca ser amable, sino cómplice. No se trata del chiste fácil, sino de ese reconocimiento incómodo que provoca carcajadas porque, en el fondo, algo nos resulta demasiado familiar.

El elenco —Miguel Ángel Martín, Noemí Ruiz, Antonio Romero y Virginia Muñoz— se mueve con una complicidad contagiosa. Réplicas afiladas, silencios bien colocados y miradas que contienen años de historia compartida. El ritmo no se pasea: corre, tropieza, se levanta… y vuelve a correr.

Las risas no se hicieron esperar.
Y no eran risas sueltas: eran colectivas, de esas que recorren la sala como una ola. El público entra rápido en el juego porque sabe que no está mirando a una familia cualquiera… está mirando la suya, o la de al lado, o la que evita en Navidad.

Tras dos años de gira, la obra llega a Madrid con la seguridad de quien ha sobrevivido a muchas sobremesas familiares y ha salido vivo para contarlo. Y en ese espacio suspendido sobre la ciudad, la comedia adquiere un brillo especial, como si las miserias familiares necesitaran altura para ventilarse.

Sales riendo.
Tal vez pensando en tu familia.
Y con la sospecha inevitable de que, si mañana apareciera una hermana secreta…
no estarías preparado.

nuestra calificación

Por todo eso, recomendamos no solo ver la obra, sino también visitar el espacio, dejarse llevar y permitir que el teatro haga lo que mejor sabe hacer:
reírse de nosotros… con nosotros.

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