El frío volvió a Madrid como quien regresa sin avisar, empujando a la ciudad hacia ese otoño adelantado en el que uno solo piensa en dos refugios posibles: un café caliente y un buen teatro.
Y como cada viernes, el cuerpo pidió escenario.
Esta vez, fui yo quien marcó el número de la cordobesa… pero no tuvo ni la decencia de dejarme terminar la frase.
—Salgo para Madrid y la obra que quiero ver es Oliver Twist, El musical.
Así, sin anestesia. Como si fuese ella la que organiza la cartelera de la Gran Vía.
Y claro… ¿cómo negarse?
La llegada: la cordobesa primero, como buena protagonista
Cuando llegué, allí estaba: firme frente al teatro, sonriente, dueña del frío y de la calle.
Con esa simpatía andaluza que derretiría hasta al mismísimo Scrooge.
Fuimos directos a taquilla. Entradas en mano, el siguiente paso era evidente: el bar más próximo, donde un café caliente nos devolvió las manos a la vida y la conversación a su cauce natural.
Un teatro con historia: hogar de emociones
La fila creció de pronto y, como por arte de magia, nos vimos rodeados de niños con mejillas sonrojadas, padres con ilusión de domingo y abuelos que parecían recordar su propia infancia en los pasillos.
El teatro —ese clásico edificio de Madrid que parece haber sido construido para proteger historias— nos recibió con su elegancia discreta: lámparas que guardan secretos, butacas que han visto lágrimas de todos los siglos y un escenario que vive entre telones y sueños.
Un libro que marcó generaciones
Oliver Twist, publicado en 1838, es una de las obras más emblemáticas de Charles Dickens, ese maestro que sabía retratar la pobreza con humanidad y la crueldad con una belleza incómoda.
La historia del pequeño Oliver —huérfano, inocente, resistente sin quererlo— se convirtió en símbolo de esperanza: incluso en la miseria más oscura, siempre existe una luz posible.
La función: música, emoción y un niño que nos recordó lo esencial
Ya en nuestras butacas, la orquesta afinó desde el palco, las luces bajaron y el telón se abrió como quien descorre una ventana hacia otro mundo.

Sinopsis del musical
La historia de Oliver Twist cobra vida en el escenario con una puesta en escena luminosa y emotiva.
Desde los fríos orfanatos londinenses hasta las calles donde Dickens imaginó su universo más social, el musical sigue los pasos del pequeño Oliver mientras enfrenta injusticias, descubre la amistad, y lucha por encontrar un lugar al que llamar hogar.
Entre coreografías vibrantes, voces que erizan y una escenografía que transporta al Londres victoriano, esta versión musical revitaliza el clásico con humor, ternura y una sensibilidad que conquista a grandes y pequeños.

Y entonces llegó el final.
Un final tan delicado, tan humano, tan lleno de luz, que en la sala solo se escuchaba el temblor contenido de cientos de respiraciones.
Más de uno —entre ellos yo— se llevó una mano a los ojos antes de que la luz de sala nos delatara.
El aplauso fue inmediato, feroz, unánime.
De pie.
Porque hay historias que no envejecen. Solo crecen con nosotros.
La salida del teatro fue lenta, como si nadie quisiera romper el hechizo. Murmullos, sonrisas, miradas compartidas… esa complicidad que solo ocurre cuando todos hemos sentido lo mismo sin hablarlo.
¿Y la cordobesa?
Ah, la cordobesa…
Me miró, se acomodó la bufanda, y con una naturalidad que provocó la carcajada general dijo:
—Esto hay que verlo de nuevo.
Y claro, ¿cómo negarnos?
Si algo nos enseñó Oliver es que siempre hay un segundo hogar esperándonos…
aunque sea entre telones.
