Madrid tiene un sonido diferente cuando llueve. El repicar del agua contra el asfalto suele traer melancolía, pero hay noches en las que el aguacero no es un obstáculo, sino un preludio. El refugio esta vez no era un café cualquiera, sino el Teatro Calderón. Inaugurado en 1917 como el “Teatro Odeón”, este coliseo de la calle Atocha ha sobrevivido a incendios y tiempos convulsos, manteniendo intacta una majestuosidad que parece guardar secretos en cada moldura.
Mi móvil vibró de forma distinta. Era “la Cordobesa”. Su mensaje, quizás con menos chispa que otras veces, delataba que el gris de la ciudad también le pesaba. Pero Madrid, cuando se pone mágica, no admite tristezas. Nos encontramos en la puerta y, tras recoger las entradas, decidimos desafiar a la lluvia con un paseo por la Plaza Mayor. Apenas trescientos metros separan el bullicio de los soportales del misterio del escenario, el tiempo justo para que el aire húmedo nos preparara para lo imposible.

Un teatro con historia
El Teatro Calderón, inaugurado en 1917, ha sido escenario de zarzuelas, óperas, grandes musicales y estrenos históricos. Ha visto pasar generaciones de espectadores y artistas, y hoy suma a su legado una propuesta que rompe el molde: un musical que no solo se mira, se recorre.
Subir a sus espacios menos conocidos, transitar estancias cerradas durante décadas, caminar entre objetos originales del ilusionismo… convierte la experiencia en algo más que una función: es una inmersión en el propio edificio. El teatro deja de ser contenedor para convertirse en protagonista.
Houdini: el hombre que desafiaba lo imposible
Harry Houdini, nacido en 1874 en Budapest como Erik Weisz, fue el escapista más célebre de todos los tiempos. Cadenas, candados, cajas sumergidas, camisas de fuerza colgado de edificios… Nada parecía contenerlo.
Pero su mayor truco no era escapar: era hacer creer al mundo que lo imposible podía romperse con ingenio y voluntad.
Obsesivo, brillante, incansable, dedicó su vida a superar límites. Combatió el fraude espiritista, desafió a la muerte una y otra vez y convirtió el escapismo en espectáculo de masas. Su figura marcó el inicio de la magia moderna como entretenimiento global.
Y esa intensidad vital es la que recoge HOUDINI, UN MUSICAL MÁGICO.
El espectáculo
Al cruzar el umbral del Calderón, el mundo exterior desapareció. La atención del personal, impecable como siempre, nos guio hacia una propuesta que va más allá de la butaca. Antes del primer acorde, el teatro se convierte en un museo vivo. Nos sumergimos en un recorrido interactivo por estancias que han estado cerradas durante treinta años, rodeados de objetos que parecen susurrar historias. Fue como un viaje al origen de la magia, un preshow que nos preparó el alma.
Incluso “la Cordobesa”, que llegó con el ánimo algo nublado, no pudo evitar sucumbir a la curiosidad. Antes de que bajara la intensidad de la luz, nos invitaron a inspeccionar un cofre. Ella, con su meticulosidad habitual, se aseguró de que no hubiera trucos, de que el misterio fuera real.
ntonces, el telón se levantó y Harry Houdini (un imponente Pablo Puyol) tomó el control. El musical no solo nos cuenta la historia de aquel inmigrante húngaro llamado Erich Weiss que se convirtió en el “Rey del Escapismo”, sino que revive sus proezas más asombrosas. Vimos recreado el mítico “Metamorfosis”, ese intercambio instantáneo dentro de un baúl que dejó boquiabiertos a los espectadores de finales del siglo XIX, y sentimos la tensión de sus desafíos contra la muerte.
Junto a él, una brillante Julia Möller como su esposa Bess, nos transportó a una vida de obsesión y amor. La partitura de Giovanni Maria Lori, con esos tintes de folclore húngaro, nos envolvía mientras veíamos suceder lo increíble: magia de gran formato y ese homenaje al “hombre imposible” que Federico Bellone ha tardado diez años en gestar.
Hubo un momento, entre apariciones sorprendentes y escapes imposibles, en el que miré a mi alrededor. En la penumbra, las caras de los niños —y las de los que hace tiempo dejamos de serlo— compartían la misma expresión de asombro puro. Las sombras del día y la lluvia de fuera ya no importaban.
Al final, cuando el silencio se rompió en una ovación de pie, “la Cordobesa” también aplaudía con una sonrisa recuperada. Salimos del teatro con la sensación de que, durante un par de horas, habíamos olvidado nuestro mundo para reconocer la magia que aún vive en el nuestro.
Si buscas un refugio contra la rutina o el mal tiempo, el Calderón tiene las puertas abiertas. No dejes que te lo cuenten; ve a comprobar que, como decía el propio Houdini, “lo que los ojos ven y los oídos oyen, la mente lo cree”.

