La mañana comenzó cuando Madrid todavía no había decidido despertarse del todo. A las 7 en punto, el ave de acero partió de Atocha rumbo a Barcelona, con un pasaje formado por corresponsales de prensa de medio mundo 🌍. Distintos acentos, mismos ojos hinchados. El madrugón nos había igualado a todos.
El viaje fue silencioso, casi monacal. No por solemnidad, sino por cansancio. Algunos dormían; otros mirábamos el paisaje con esa atención vaga que precede a los días importantes. Gaudí, pensé, tampoco debía de ser muy amigo de las mañanas fáciles.
La llegada a Barcelona fue impecable. La ciudad nos recibió con esa elegancia suya, a medio camino entre el puerto y la montaña, entre la geometría del Eixample y el desorden delicioso de sus colinas. Barcelona es una ciudad que no se explica, se recorre, y en cada esquina recuerda que aquí la arquitectura nunca fue solo decoración, sino pensamiento.
Los organizadores nos esperaban en la estación terminal. Traslado ágil, sonrisas bien ensayadas y un desayuno de bienvenida que devolvió la energía y el diálogo 🥐☕. Era evidente que no estábamos ante una visita cualquiera: se trataba de un programa oficial, y como tal nos entregaron un pinganillo para traducción simultánea del catalán al castellano. Tecnología discreta, casi invisible, muy acorde con el espíritu de la jornada.

Pavellons Güell: el inicio del mito 🐉
La primera parada fueron los Pavellons de la Finca Güell, una obra temprana pero decisiva. Aquí Gaudí empieza a hablar en su propio idioma. Es su primer gran encargo para Eusebi Güell, el mecenas que cambiaría su vida, y también el lugar donde aparece por primera vez el trencadís, esa piel fragmentada que más tarde se volvería universal.



El conjunto —puerta de carruajes, casa del portero y caballerizas— no busca imponerse, sino sorprender desde el detalle. Y allí está, vigilando todo, la famosa reja de hierro forjado con forma de dragón, una criatura mitológica hecha metal que parece más viva que muchos edificios modernos. Un guardián simbólico que anuncia que, a partir de aquí, nada en Gaudí será convencional.
Colegio de las Teresianas: mística construida 🕊️
La siguiente visita nos llevó al Colegio de las Teresianas, una de las obras más radicales y menos comprendidas de Gaudí. Cuando recibe este encargo, ya es un arquitecto reconocido, pero aquí decide contenerse. Nada de exuberancia formal. Nada de ornamento innecesario.




El edificio, concebido como convento y escuela, es una traducción arquitectónica del pensamiento de Santa Teresa de Jesús. Gaudí convierte el camino espiritual descrito en Las moradas en estructura, en ritmo, en altura. Cada elemento tiene sentido. Cada decisión es simbólica.
Es una arquitectura austera, casi severa, pero de una densidad conceptual asombrosa. Aquí Gaudí no deslumbra: convence.
Torre Bellesguard: arquitectura y memoria 🏰
En la Torre Bellesguard, Gaudí dialoga con la historia de Cataluña. No construye solo una casa: interviene un lugar cargado de memoria. Aquí vivió sus últimos días el rey Martín el Humano, último monarca de la dinastía catalana, y todavía se conservan restos del antiguo palacio medieval.






Gaudí integra esos vestigios en una arquitectura moderna de raíz gótica, sobria y profundamente simbólica. Bellesguard no es una obra para turistas apresurados; es un espacio de reflexión, donde paisaje, historia e identidad se funden. Una declaración de amor a Cataluña hecha de piedra, geometría y silencio.
Casa Batlló: el dragón despierta 🐲
El cierre de la jornada fue en la Casa Batlló, el Gaudí más conocido, pero no por eso menos sorprendente. Patrimonio Mundial de la UNESCO, esta obra sigue siendo un laboratorio vivo. Su fachada ondulante, sus colores cambiantes y su estructura orgánica continúan desafiando al tiempo.





En el marco del Año Gaudí, la Casa Batlló se presenta como puente entre pasado y presente: un espectacular mapping en la fachada y la apertura de una nueva sala dedicada al arte contemporáneo confirman que el legado de Gaudí no se conserva encerrándolo, sino dejándolo dialogar con el presente.
El regreso
La vuelta fue algo más imprevisible. Los horarios no se cumplieron con la precisión que el día había tenido hasta entonces. Pero para ese momento ya daba igual. El recorrido había sido tan rico, tan estimulante, que cualquier contratiempo quedó relegado a un segundo plano.
Volvimos cansados, sí, pero con la sensación de haber participado en algo más que una agenda institucional. Fue una inmersión en el Gaudí menos obvio, en el que no grita, sino que susurra.
Un Gaudí que, cien años después, sigue demostrando que el verdadero genio no es el que se ve a simple vista, sino el que organiza el mundo desde dentro ✨.